XV CONFERENCIA DE EMBAJADORES FRANCESES

Señor Primer Ministro,

Señor Presidente del Senado,

Señor Presidente de la Asamblea Nacional,

Señor Ministro de Asuntos Exteriores y Europeos,

Señoras y Señores Ministros,

Señoras y Señores Parlamentarios,

Señoras y Señores Embajadores:

El debate internacional no es abstracto. El debate internacional no es lejano: las amenazas de hoy - el terrorismo, la proliferación o la criminalidad - desconocen las fronteras; la evolución del medio ambiente y de la economía mundial afecta nuestra vida cotidiana; los derechos humanos son pisoteados ante nuestros ojos. Nuestra política exterior, guiada por nuestros valores, debe apoyarse en una visión clara del mundo y de los intereses que defendemos. A través de ella, expresamos nuestra identidad en calidad de nación.

Ahora bien, los franceses, que observan con preocupación el estado actual del mundo, el papel de Europa y el lugar de Francia, habían visto con esperanza la caída del muro de Berlín y el derrumbe del orden injusto de Yalta; los avances de los derechos humanos y la democracia, las promesas de una globalización que, desde 1990, ha permitido duplicar el PIB mundial y aumentar en un 50% el nivel promedio de vida.

Hoy los franceses confirman que, contrariamente a los años posteriores a la segunda guerra mundial, los dirigentes de estos últimos veinte años no han logrado crear un nuevo orden planetario, ni tampoco adaptar eficazmente el orden anterior. Con excepción de los escasos momentos de unidad de la primera guerra del Golfo o del 11 de septiembre de 2001, predomina un sentimiento, general y justificado, de división y de pérdida de control que domina en un mundo a la vez global y fragmentado, caracterizado por interdependencias incapaces de ser controladas.

Si bien es cierto que los Estados permanecen en el centro del sistema internacional, su capacidad de acción se enfrenta ahora con el poder de los actores económicos, con el poder de los medios, o, peor aún, con el poder de las redes terroristas y criminales; esta capacidad se encuentra también confrontada con los riesgos de este principio del siglo XXI: los flujos migratorios cada vez menos controlados; un trastorno de los equilibrios económicos mundiales que aumenta la desconfianza con respecto a la globalización, a medida que las deslocalizaciones alcanzan paulatinamente todos los sectores de actividad; o bien las crisis financieras, como la que acabamos de sufrir y que podría reproducirse si los dirigentes de los grandes países no optaran por llevar a cabo una acción decidida y concertada a favor de la transparencia y de la regulación de los mercados internacionales. Se puede estar a favor de la economía de mercado, de la competencia, y pedir al mismo tiempo transparencia para que los creadores de riqueza no tengan por qué pagar únicamente debido a los especuladores. El sistema en el que creo es un sistema que propicia la creación de riqueza, no la especulación. Carecemos de transparencia. Carecemos de regulación y carecemos de concertación. La cuestión no es saber si podemos actuar. La única cuestión que se plantea es que debemos actuar porque si no lo hacemos, nos vamos a encontrar ante otras catástrofes, otros riesgos, por culpa de una minoría que tiene la sensación de que uno puede enriquecerse sin crear riqueza. Es un verdadero insulto a los creadores del mundo entero.

Ante crisis internacionales como las de Irak, hoy sabemos que el recurso unilateral a la fuerza conduce al fracaso, pero las instituciones multilaterales, ya sean universales, como la ONU, o regionales, como la OTAN, tienen dificultades para convencer de su eficacia, desde Darfur hasta Afganistán.

En la misma Europa, las interrogantes son fuertes, en particular después de la última ampliación: ¿dónde se encuentran las fronteras de la Unión? ¿la Unión debe tener fronteras? ¿serán compatibles nuevas ampliaciones con la necesaria continuación de la integración? De manera más amplia, ¿acaso se habrá convertido Europa en la correa de transmisión de los excesos de la globalización, siendo que, por el contrario, debería amortiguar los golpes y permitir que nuestros pueblos aprovechen todas las oportunidades?

Sobre ese fondo de preocupación y de desilusión, los franceses se preguntan qué puede hacer Francia ante los principales retos a los que se enfrenta el mundo en este principio del siglo XXI. Me referiré a tres, de los que dependen los demás:

Primer reto, y sin duda uno de los más importantes: ¿cómo prevenir una confrontación entre el Islam y Occidente? No tiene caso engañarnos: esta confrontación es deseada por los grupos extremistas como Al Qaeda, que sueñan con instaurar, desde Indonesia hasta Nigeria, un jalifato que rechace toda apertura, toda modernidad e incluso la idea misma de diversidad. Si esas fuerzas llegaran a alcanzar su objetivo siniestro, no cabe duda de que el siglo XXI sería peor aún que el anterior, caracterizado, por cierto, por un enfrentamiento sin merced entre ideologías.

Segundo reto: ¿Cómo integrar en un nuevo orden mundial a los gigantes emergentes como China, India o Brasil? Motores del crecimiento mundial - a quienes les digo con afecto - que constituyen igualmente factores de graves desequilibrios; gigantes del mañana, quieren con toda justicia que se reconozca su nuevo estatuto, pero deben comprender - de parte de un amigo - el siguiente razonamiento: si se quiere el estatuto de una gran potencia deben estar dispuestos a respetar las reglas que redundan en beneficio de todos.

Tercer reto: Cómo hacer frente a los riesgos mayores cuando, en la historia de la humanidad, somos la primera generación en identificar científicamente y en poder abordar a escala mundial, ya sea el calentamiento climático, las nuevas pandemias o la perennidad de los suministros energéticos.

A esas interrogantes, permítanme dar mi respuesta, en nombre de Francia, explicándoles antes, cuál es mi enfoque de los grandes temas internacionales.

Señoras y señores Embajadores: Formo parte de quienes consideran que la característica de un estadista es la voluntad de cambiar el rumbo de las cosas, y no simplemente describirlo, no simplemente explicarlo. Para ello se requiere una voluntad inquebrantable y ser capaz de saber compartir sus sueños, sus ambiciones y sus objetivos. Un hombre político debe tener ambiciones, sueños y objetivos.

Formo parte de quienes consideran que Francia todavía tiene mucho que aportar al mundo, porque posee uno de los pueblos más dinámicos y mejor capacitados, una de las economías más pujantes, una diplomacia y fuerzas armadas que se cuentan entre las mejores del mundo. Pero nuestro país no es el único en poseer tales ventajas y sólo las conservará si consigue realizar numerosas y ambiciosas reformas. Esas reformas las propuse al pueblo francés. Como bien lo ha dicho el Primer Ministro, todas se llevarán a cabo con determinación, teniendo muy presentes la concertación y la apertura.

Formo parte también de quienes consideran que Francia es un gran país, cuya voz se escucha cuando cierra filas para defender una visión y una voluntad. Los franceses me eligieron con base en un programa claro y detallado. Quieren un Presidente que actúe y que obtenga resultados. Es cierto en el plano interior. Es cierto igualmente en política exterior. Esas dos dimensiones de mi actuar son, además, indisociables: Francia, no más que cualquier otra nación, tiene derechos adquiridos en cuanto a su estatuto internacional; su mensaje al mundo sólo seguirá siendo escuchado si es llevado por un pueblo ambicioso y que tenga confianza, una sociedad reconciliada consigo misma y una economía exitosa. Las reformas que quiero llevar a buen término al interior del país - para que los franceses tengan de nuevo fe en el futuro, para modernizar nuestra economía y adaptar nuestras instituciones - forman parte de la proyección que quiero dar de Francia en el mundo. Quiero una Francia más fuerte dentro de sus fronteras, porque es un requisito para que tenga una influencia más allá de ellas. En eso radica toda la coherencia de nuestro proyecto. ¡Cuál sería la credibilidad del mensaje de Francia en el mundo, si lo que hace Francia en su territorio va en contra de lo que recomienda a los otros en sus respectivos países!

Formo parte de quienes consideran que no puede existir una Francia fuerte sin Europa, como tampoco que pueda existir una Europa poderosa sin Francia.

Formo parte de quienes consideran que la emergencia de una Europa fuerte, protagonista esencial en el escenario internacional, puede contribuir de modo decisivo a la reconstrucción de ese orden mundial más justo, más eficaz, que nuestros pueblos reclaman.

Formo parte de quienes consideran que la amistad entre los Estados Unidos y Francia es tan importante hoy como lo ha sido durante los dos últimos siglos. Aliados no significa alineados, y me siento perfectamente libre de expresar tanto nuestros acuerdos como nuestros desacuerdos, sin complacencia ni tabúes, justamente porque asumo, sin complejos, el hecho de que Francia sea un amigo y un aliado de Estados Unidos.

Formo parte de quienes consideran que los lazos antiguos y de toda índole que unen a los pueblos del Mediterráneo y, más allá, de África, constituyen una ventaja y una oportunidad, siempre y cuando tengamos la ambición y la voluntad de organizarlos - rompiendo definitivamente con las antiguas prácticas - y también si Francia quiere acordarse verdaderamente de que es una potencia mediterránea.

Formo parte de quienes consideran que nuestra lengua es la parte medular de nuestra identidad y que el idioma francés representa una parte de nuestra alma; que la francofonía constituye una ventaja esencial para todos aquellos que comparten la lengua francesa.

Finalmente formo parte de quienes consideran que Francia sigue siendo portadora de un mensaje y de valores cuyo eco resuena en todo el mundo: los de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, del humanismo, así como también, más recientemente, de lo humanitario y del deber de proteger, encarnados por hombres como Bernard Kouchner, que tengo el placer de contar entre los miembros de mi gobierno a la cabeza de nuestra diplomacia.

Señoras y Señores Embajadores:

La construcción europea seguirá siendo para Francia una prioridad absoluta. Sin Europa, Francia no podrá dar una respuesta eficaz a los desafíos de nuestro tiempo.

Por eso he querido, como primera prioridad, poner a Europa en marcha, proponiendo el Tratado Simplificado; el éxito distaba mucho de darse por descontado; se obtuvo gracias a un entendimiento perfecto franco-alemán. Deseo ahora rendir un homenaje muy especial a Angela Merkel. El éxito se debe también mucho a la Comisión y a su muy eminente Presidente, el Sr. Barroso. Quiero decir, además, que Francia caería en ciertas contradicciones si quisiera tener más influencia en Europa y no tener la voluntad de encontrar solidaridades con instituciones tan fuertes en la Unión Europea como la Comisión y el Parlamento Europeo. ¿Cómo actuar en Europa si se tiene como único objetivo oponerse a la Comisión u oponerse al Parlamento Europeo? Esto significa condenarse al fracaso. Quiero decir que en la aprobación del Tratado Simplificado - y hablo bajo el control de Bernard Kouchner y Jean-Pierre Jouyet - el Presidente de la Comisión fue un aliado decisivo. En realidad, se sumaron las buenas voluntades de todos, pues habíamos propuesto un esquema claro y federador para salir de la crisis: es una lección para el futuro.

Mi deseo es que la Presidencia portuguesa, en quien tengo una confianza total, culmine sus labores en el Consejo Europeo de octubre, para que pueda entrar en vigor el nuevo Tratado antes de las elecciones europeas de la primavera de 2009. Con el Primer Ministro, velaremos en este caso por que Francia sea uno de los primeros países a quienes se le solicite - por medio de su Parlamento - ratificar este Tratado. Francamente prefiero ver a Francia en primer lugar para la ratificación, que a una Francia aislada por su rechazo.

Como Europa ha salido del bloqueo de la labor institucional, que duraba desde hacía 10 años, ha llegado el momento de plantear la cuestión del futuro del proyecto europeo. Es mi deber hacer propuestas. Deseo que antes de finales de año, los 27 creen un comité de diez a doce sabios de muy alto nivel, a imagen de los presididos por Werner, Davignon y Westendorp, o del comité Delors, para reflexionar sobre una cuestión que no por su sencillez deja de ser fundamental: “¿qué Europa para 2020-2030 y para qué objetivos?”. Los sabios deberían entregar sus conclusiones y propuestas antes de las elecciones europeas de junio de 2009, para que el Parlamento recién elegido y la siguiente Comisión puedan disponer del fruto de sus labores, como complemento del Tratado Simplificado y del trabajo de renovación de las políticas de la Unión, así como de su marco financiero.

Si los 27 lanzan esta reflexión fundamental sobre el futuro de nuestra Unión, Francia no se opondrá a que se abran nuevos capítulos de la negociación entre la Unión y Turquía en los meses y años venideros, siempre y cuando esos capítulos sean compatibles con las dos visiones posibles del futuro de sus relaciones: ya sea la adhesión, ya sea una asociación lo más estrecha posible, sin llegar hasta la adhesión. No voy a dejar lugar a la hipocresía. Todos saben que sólo estoy a favor de una asociación. Es la idea que preconicé durante toda la campaña electoral. Es la idea que defiendo desde hace varios años. Considero que esta idea de asociación será reconocida por todos como la más razonable. Mientras tanto, al igual que el Primer Ministro Erdogan, deseo que Turquía y Francia reanuden los lazos privilegiados que han ido estrechando en el transcurso de una larga historia compartida.

No he querido plantear esta interrogante antes del Tratado Simplificado ya que plantearla habría bloqueado todo. No se resuelven los problemas bloqueando todo. Se les resuelve encontrando dos soluciones. En los treinta y cinco capítulos que quedan por abrir, treinta son compatibles con la asociación. Cinco sólo son compatibles con la adhesión. Le dije al Primer Ministro turco: ocupémonos de los treinta compatibles con la asociación, y lo demás lo veremos más tarde.

Me parece que es una solución que no traiciona el deseo de los franceses y que, al mismo tiempo, permite a Turquía abrigar una esperanza. Es evidente que si debiéramos rechazar esta fórmula de compromiso - quiero simplemente recordar que - para proseguir las discusiones es preciso contar con la unanimidad.

La presidencia francesa de la Unión, dentro de tan sólo diez meses, debe desde ahora movilizar todas nuestras energías. Será necesario actuar de forma colectiva y escuchar a todos nuestros socios. Cada una de las capitales de la Unión será objeto, antes del 1° de julio, de mi visita o de la del Primer Ministro. Tendremos, naturalmente, prioridades que proponerles para hacer que Europa progrese. Distingo tres de ellas: es preciso que Europa se dote de una política de inmigración. Es preciso que Europa se dote de una política energética. Es preciso que Europa se dote de una política del medio ambiente. Si queremos que los pueblos de Europa vuelvan a amar a Europa, es preciso que Europa tenga una influencia en la vida de todos los días: inmigración, energía, medio ambiente.

Deseo hoy hacer hincapié en el tema de la Europa de la Defensa. A punto de cumplirse los diez años del acuerdo de Saint-Malo, ha llegado el momento de darle un nuevo impulso.

Lo que se ha logrado durante estos últimos años dista mucho de ser insignificante, ya que la Unión ha conducido unas quince operaciones en nuestro continente, en África, en Medio Oriente y en Asia. Estas intervenciones demuestran, si fuera necesario, que no hay competencia, sino una real complementariedad, entre la OTAN y la Unión. Ante la multiplicación de las crisis, no hay superávit, sino más bien déficit de capacidades en Europa.

Deseo que los Europeos asuman cabalmente su responsabilidad y su papel al servicio de su seguridad y de la del mundo. Para ello, necesitamos de manera prioritaria fortalecer nuestras capacidades de planificación y de conducción de las operaciones; desarrollar la Europa del armamento con nuevos programas racionalizando los existentes; garantizar la interoperabilidad de nuestras fuerzas y que cada uno, en Europa, asuma lo que le corresponde de la seguridad común. No podemos continuar con cuatro países que pagan por la seguridad de todos los demás. Pero más allá de los instrumentos, necesitamos igualmente una visión común. ¿Cuáles son las amenazas que gravitan sobre Europa y con qué los medios debemos respetarlas? Debemos elaborar juntos una nueva “estrategia europea de seguridad”. Podríamos aprobar ese nuevo texto bajo la presidencia francesa en 2008. Nuestro Libro blanco relativo a la defensa y a la seguridad nacionales, elaborado bajo la responsabilidad de Hervé Morin, será la contribución de Francia a este trabajo a todas luces necesario.

Francia y Alemania han sentado las bases de esta labor europea: la brigada franco-alemana y, posteriormente, el Eurocuerpo. En Saint-Malo, Francia y el Reino Unido continuaron esta construcción, como es natural, ya que juntos nuestros dos presupuestos de defensa representan las dos terceras partes del total de la contribución de los otros 25 países de la Unión, y nuestros presupuestos de investigación para la defensa, el doble. Pero Italia, España, Polonia, Países Bajos y todos los demás socios tienen cabida en este esfuerzo conjunto que nos permitirá sacar mejor provecho de nuestras ventajas: la Unión dispone de toda una gama de instrumentos de intervención en las crisis: militares, humanitarios así como financieros y deberá afirmarse progresivamente como actor de primera línea para la paz y la seguridad en el mundo, en colaboración con las Naciones Unidas, la Alianza Atlántica y la Unión Africana. Deberá igualmente tener la voluntad de lanzar una verdadera política de cooperación y de asistencia en materia de seguridad con países terceros: me refiero en particular a África.

Permítanme evocar un tema que durante mucho tiempo ha sido tabú: estos avances decisivos de la Europa de la defensa - que deseo de todo corazón - no se enmarcan de ninguna manera en una competencia con la OTAN. Huelga recordar que esta alianza atlántica es nuestra: la fundamos y hoy somos uno de los principales contribuyentes. De sus 26 miembros, 21 lo son también de la Unión. Oponer la Unión y la OTAN no tiene sentido alguno, porque las necesitamos a las dos. Es más, estoy convencido de que redunda en el verdadero interés de Estados Unidos el que la Unión Europea aúne sus fuerzas, racionalice sus capacidades y organice su defensa de manera independiente. Debemos progresar con pragmatismo y al mismo tiempo con ambición, sin a priori ideológico, teniendo como única obsesión nuestra seguridad. Porque los dos movimientos son complementarios, deseo que en los próximos meses avancemos con resolución hacia el fortalecimiento de la Europa de la defensa y hacia la renovación de la OTAN y por ende de su relación con Francia. Las dos juntas. Una Europa de la defensa independiente y una organización atlántica en la que ocuparíamos todo el lugar que nos corresponde.

Esto es, por cierto, lo que ya sucede en el terreno de los hechos: en Afganistán, bajo el mandato de la ONU, la fuerza de la OTAN estuvo no hace mucho dirigida por el Eurocuerpo de la Unión, bajo las órdenes de un general francés.

Kosovo ofrece otra ilustración de esta complementariedad, puesto que hay una estrecha cooperación entre la Unión y la OTAN, bajo el mandato de la ONU. Esta colaboración revestirá una importancia capital en los próximos meses. Por iniciativa de Francia, el Grupo de Contacto continúa sus esfuerzos para reanudar el diálogo entre Serbios y Kosovares. Apoyamos el principio de una independencia supervisada por la comunidad internacional, garante de los derechos de las minorías y acompañada por la Unión Europea. Deseo hoy hacer un triple llamado: a los Serbios y a los Kosovares, con objeto de que demuestren su realismo y se presten de buena fe a ese último esfuerzo para llegar a una solución aceptada recíprocamente. A los rusos y a los estadounidenses, para que entiendan que ese problema tan difícil es, en primer lugar, un problema europeo; y a los europeos, finalmente, quienes deben poner de manifiesto su unidad, ya que son los países de la Unión los que deben asumir lo esencial de las responsabilidades y por ende de los costos, y porque además es en la Unión donde radica el futuro a largo plazo del espacio balcánico.

Señoras y Señores Embajadores:

Dotada dentro de poco de instituciones eficaces, de un presidente estable del Consejo Europeo, de un Alto Representante encargado de la política exterior y de un verdadero servicio diplomático europeo, la Unión será capaz de afirmar mejor, en el escenario mundial, la visión y los valores que compartimos. Para Francia, esta emergencia de Europa en calidad de actor político global corresponde a una necesidad. Si me lo permiten, me gustaría retomar los tres retos del siglo XXI.

La amenaza de una confrontación entre el Islam y el Occidente. Nos equivocaríamos si subestimáramos esta posibilidad: el caso de las caricaturas fue un signo precursor.

Nuestros países, todos nuestros países, incluyendo los del mundo musulmán, se encuentran hoy bajo la amenaza de atentados criminales como los que golpearon a Nueva York, Bali, Madrid, Bombay, Estambul, Londres o Casablanca. Pensemos en lo que sucedería mañana si los terroristas utilizaran medios nucleares, biológicos o químicos. Nuestro primer deber en nuestros Estados consiste en organizar una total cooperación entre los servicios de seguridad de todos los países afectados.

Nuestro deber, el de la Alianza Atlántica, consiste también en aumentar nuestros esfuerzos en Afganistán. Con Bernard Kouchner y el Primer Ministro, hemos tomado la decisión de reforzar la presencia de nuestros instructores en las fuerzas armadas afganas, ya que es quien debe, en primer lugar, librar y ganar la batalla contra los talibanes. He tomado la decisión de incrementar nuestra acción de ayuda para la reconstrucción, porque no habrá éxito duradero si el pueblo afgano no cosecha los frutos palpables de un retorno de la seguridad y de la paz. Tampoco habrá éxito alguno en la lucha contra la droga. Ha llegado, sin lugar a dudas, el momento de nombrar, bajo la autoridad del Presidente Karzai, a una personalidad de primer orden, capaz de garantizar una mejor coordinación entre las acciones militares y las iniciativas civiles.

Pero nuestras acciones en Afganistán serían vanas si, al otro lado de la frontera, Pakistán siguiera siendo un refugio para los talibanes y para Al Qaeda, antes de convertirse, tal vez, en su víctima. Estoy convencido de que una política más decidida por parte de todas las autoridades pakistaníes es posible y que redundará en su beneficio a largo plazo. Estamos naturalmente dispuestos a ayudarlos.

Prevenir una confrontación entre el Islam y el Occidente implica también alentar y ayudar, en cada país musulmán, a las fuerzas de moderación y de modernidad, para que prevalezca un Islam abierto, un Islam tolerante, que acepte la diversidad como una riqueza. En ese ámbito, no existe una receta milagrosa única. Pero la evolución de países como Marruecos, Argelia, Túnez, Jordania e Indonesia demuestra, pese a importantes diferencias, que existe un movimiento de las sociedades, alentado por los gobiernos. Deseo que nuestra cooperación fortalezca los programas encaminados a la apertura y al diálogo entre las sociedades, en enlace eventualmente con los representantes del Islam en Francia.

Prevenir una confrontación entre el Islam y Occidente implica igualmente prestar su ayuda, como lo propone Francia, para que los países musulmanes puedan tener acceso a la energía del futuro: la electricidad nuclear, pero respetando los tratados y cooperando plenamente con los países que ya dominan esta tecnología. Vamos a explicar a mil millones de musulmanes, a través del mundo, que ellos no tienen derecho a la electricidad civil nuclear cuando ya no tendrán ni petróleo ni gas; que ellos no tienen derecho a la energía del futuro. Entonces crearemos así las condiciones de miseria, de subdesarrollo y por lo tanto de la explosión del terrorismo.

Prevenir una confrontación entre el Islam y el Occidente es tratar las crisis del Oriente Medio. Hace apenas cinco años, la región sólo experimentaba una crisis. En cinco años pasó de una a cuatro crisis, muy diferentes claro está, pero cada día más vinculadas entre sí.

Todo se ha dicho y mucho se ha intentado acerca del conflicto israelo-palestino. La paradoja de la situación es que sabemos cuál será su solución: dos Estados - y por lo que a mí se refiere, me gustaría añadir dos Estados-Naciones - que vivan uno al lado del otro, en paz y seguridad dentro de fronteras seguras y reconocidas. Conocemos el contenido detallado de esta solución, a través de los parámetros Clinton y el legado de Taba. Teníamos una idea del camino por recorrer: la hoja de ruta, que se debe revisar. Finalmente conocemos a los padrinos de la paz: los miembros del Cuarteto, ahora representados por una personalidad de primer plano: Tony Blair, y los países árabes moderados. Y ahora que ya sabemos todo esto, todos tenemos la sensación desesperante de que la paz no avanza. Sabemos lo que debemos hacer, sabemos quién debe hacerlo y, sin embargo, el proceso sigue estancado.

Peor aún, se tiene la sensación de que la paz retrocede en las mentes y en los corazones. Tengo fama de ser amigo de Israel y es cierto. Nunca transigiré sobre la seguridad de Israel. Pero todos los dirigentes de los países árabes, empezando por el Presidente Mahmoud Abbas, que han acudido numerosos a París desde mi elección, conocen mis sentimientos de amistad y de respeto hacia sus pueblos. Que esta amistad me autorice a decir a los dirigentes israelíes y palestinos que Francia está decidida a tomar o a apoyar cualquier iniciativa que resulte útil. Pero que Francia tiene una convicción: la paz se negociará en primer lugar entre Israelíes y Palestinos.

En estos momentos, nuestros esfuerzos, los del Cuarteto y los de los países árabes moderados, deben concentrarse en la reconstrucción de la Autoridad Palestina, bajo la égida de su Presidente. Pero también es indispensable reanudar, sin demora, una auténtica dinámica de paz que conduzca a la creación de un Estado Palestino. Si las partes y la comunidad internacional eluden nuevamente esta ambición, la creación de un “Hamastan” en la franja de Gaza podrá correr el riesgo de aparecer retrospectivamente como la primera etapa de la toma de control de todos los territorios palestinos por los islamistas radicales. No podemos resignarnos ante esta perspectiva. Francia no se resigna. Líbano, desde hace siglos, ocupa un lugar importante en el corazón de los Franceses. Esta amistad no está dirigida hacia un grupo o un clan: Francia es amiga de todos los Libaneses, sin excepción, porque Francia se interesa profundamente por una libertad cabal de Líbano, por su plena independencia y por su plena soberanía, tal como lo exigen las resoluciones 1559 y 1701 del Consejo de Seguridad. Esta amistad es lo que alentó a Bernard Kouchner a invitar a la Celle Saint-Cloud a todos los actores de la vida política del Líbano y luego reunirse en Beirut con ellos. Por supuesto que el diálogo que allí se reanudó debe continuar para lograr una salida de la crisis: un Presidente elegido en los plazos y condiciones que señale la constitución, en el que se reconocerán todos los Libaneses, capaz de trabajar con todos tanto en el interior con todas las comunidades, como en el exterior con todos los grandes socios del Líbano. Todos los actores regionales, incluyendo a Siria, deben actuar para propiciar una solución de esta naturaleza. Si Damasco emprendiera este camino, se reunirían entonces las condiciones para un diálogo franco-sirio. En caso contrario, no se darían estas condiciones.

La tragedia iraquí no puede dejarnos indiferentes. Francia, gracias a Jacques Chirac, se opuso y sigue siendo hostil a esta guerra. Qué la historia nos haya dado la razón no nos exime de evaluar la importancia de las consecuencias. ¿Cuáles son estas consecuencias? Una nación que se va desmembrando en una despiadada guerra civil, un enfrentamiento entre chiítas y sunitas que puede abrasar a todo el Oriente Medio; grupos terroristas que se asientan de maneraduradera, se radicalizan antes de atacar nuevos blancos en el mundo entero; una economía mundial a la merced de la menor chispa en los campos petrolíferos.

La única solución es política. Esta solución implica la marginación de los grupos extremistas y un proceso sincero de reconciliación nacional, al término del cual cada sector de la sociedad iraquí, cada Iraquí, deberá tener la garantía de contar con un acceso equitativo a las instituciones y a los recursos de su país; dicha solución implica asimismo que se defina una perspectiva clara relativa a la retirada de las tropas extranjeras, pues la decisión esperada a ese respecto obligará a todos los actores a evaluar la importancia de sus responsabilidades y por ende a organizarse. Entonces, y sólo entonces, la comunidad internacional, empezando por los países de la región, podrá actuar de modo más útil. Francia, por su parte, estará dispuesta a participar. Éste es el mensaje que Bernard Kouchner acaba de llevar a Bagdad: un mensaje de solidaridad y de disponibilidad. Tuvo razón de ir a Bagdad. Fue un viaje que encabezó de manera notable.

Cuarta crisis, en la confluencia de las otras tres: Irán.
Francia mantiene con sus dirigentes un diálogo sin complacencia, que ha resultado útil en varias oportunidades. Francia ha tomado la iniciativa, junto con Alemania y el Reino Unido, de una negociación en la que Europa desempeña un papel central, a la que se han sumado Estados Unidos, Rusia y China. Los parámetros son conocidos, no los repetiré, salvo para reafirmar que un Irán dotado del arma nuclear es para mí inaceptable, y para recalcar la total determinación de Francia en la actitud actual que conjuga sanciones progresivas y también aperturas, si Irán se decide a respetar sus obligaciones. Esta política es la única que puede permitirnos escapar a una alternativa catastrófica: la bomba iraní o el bombardeo de Irán. Esta cuarta crisis es, sin lugar a dudas, la más grave que se cierne hoy en el orden internacional.

Las soluciones que emergen lentamente del otro proceso de negociación “entre seis” y que condujeron a Corea del Norte, bajo el control del AIEA, a renunciar a la energía nuclear militar y al cierre del reactor, muestran, después de que Libia renunciara a las armas de destrucción masiva, que el camino existe, siempre y cuando se tenga la voluntad necesaria. El pueblo iraní, que es un gran pueblo y merece todo respeto, no aspira ni al aislamiento ni a la confrontación.

Francia no escatimará esfuerzo alguno para convencer a Irán de que mucho es lo que podría ganar si iniciara una negociación seria con Europa, China, Rusia y por supuesto Estados Unidos.

En un espacio preciso, pero de alto significado emblemático, he querido aportar mi respuesta al riesgo de confrontación entre el Islam y el Occidente: me refiero al proyecto de Unión del Mediterráneo.

Así como la historia de Europa representa siglos de enfrentamientos y de guerras, la historia de los pueblos del Mediterráneo se ha forjado a base de conquistas e invasiones. Como en Europa, se han tejido muy fuertes lazos que han enriquecido mutuamente a nuestras culturas, provocando incluso a veces el mestizaje. Tal es el caso, en particular, entre Francia y los países del Magreb. Ha llegado el momento de dar un paso más, que puede ser decisivo, y demostrar con los hechos, más que con nuestras palabras, la fuerza de esta amistad.

No se trata de ignorar lo logrado: el proceso de Barcelona, el 5 + 5 o el Foro Mediterráneo. Se trata de ir más allá, entre países ribereños de nuestro mar común, partiendo del camino trazado por Jean Monnet a propósito de Europa: el de las solidaridades concretas. Propongo que la construyamos en torno a cuatro pilares: el medio ambiente; el diálogo entre las culturas; el crecimiento económico; la seguridad. Juntos imaginemos, en cada uno de esos ámbitos, algunos proyectos ambiciosos pero realistas, que movilicen a los Estados, las empresas, las asociaciones, demostrando de esta forma a nuestros pueblos que podemos edificar juntos para nuestros hijos un futuro compartido de paz. En el Mediterráneo estará en juego lo mejor o lo peor.

Naturalmente, la Unión Europea, a través de sus instituciones y, en particular, de la Comisión, debería ser actor de pleno derecho de la Unión Mediterránea. Ya se ha entablado un diálogo informal con los países ribereños, incluyendo a Libia, y deseo - ahora que el caso del equipo médico está resuelto - incitarla a que se sume a la comunidad de las naciones.

Ahora es menester preparar una primera reunión de Jefes de Estado y de Gobierno que debería celebrarse en el primer semestre de 2008.

Señoras y Señores Embajadores:

Los dos últimos retos a los que se enfrenta nuestro mundo de hoy no pueden tratarse por separado: de nuestra capacidad para edificar con los gigantes emergentes un orden mundial eficaz y justo dependerá directamente nuestra capacidad para responder a las amenazas del siglo XXI que son, en particular, el calentamiento climático, las nuevas pandemias y las amenazas sobre la perennidad de nuestro suministro energético.

Tenemos que reconocer que hasta ahora la respuesta de la comunidad internacional a los trastornos iniciados hace 17 años no ha estado a la altura de los retos.

Desde 1990, el enfrentamiento bipolar desapareció; los conceptos mismos de tercer mundo y de no alineados ya no tienen ningún sentido. La liberalización económica, comercial, financiera y la revolución de las tecnologías de la información, los progresos de los transportes, crearon un planeta en donde impera la interdependencia, poniendo en común las oportunidades, pero también los riesgos y las crisis.

Al mismo tiempo, y como reacción a lo que muchas veces se ha percibido como una occidentalización del mundo, aparecieron reacciones de rechazo, reflejos de encierro en la propia identidad, tentaciones religiosas o nacionales de retroceso, por la violencia, hacia la pureza de míticas épocas doradas. Esas reacciones ante la globalización podrían conducir a un mundo totalmente desestructurado e completamente inestable.

Esas evoluciones van acompañadas por una segunda realidad, no menos preocupante: el mundo se ha vuelto multipolar, pero esta multipolaridad, que podría anunciar un nuevo concierto de las grandes potencias, deriva más bien hacia el choque de políticas de poder.

Los Estados Unidos no supieron resistir a la tentación del recurso unilateral a la fuerza y, desafortunadamente, tampoco demuestran en lo relativo a la protección del medio ambiente, la capacidad de “liderazgo” que por cierto reivindican. Cuando se reivindica el “liderazgo”, es preciso asumirlo en todos los ámbitos.

Rusia impone su regreso en el escenario mundial, utilizando con cierta brutalidad sus ventajas, en particular, en materia de petróleo o de gas, en momentos en que el mundo y Europa en particular esperan de ella una contribución importante y positiva a la solución de los problemas de nuestro tiempo, la cual justifica la recuperación de su estatuto. Cuando se es una gran potencia se debe ignorar la brutalidad.

China, que ha emprendido el más impresionante de los renacimientos en la historia de la humanidad, transforma su insaciable búsqueda de materias primas en estrategia de control, en particular en África.

La propia moneda, lejos de las leyes del mercado, se convierte en un instrumento al servicio de políticas de poder. Las reglas progresivamente negociadas y adoptadas por los Estados, son pisoteadas, trátese de normas sociales, de propiedad intelectual o de la protección del medio ambiente, estimado Jean Louis Borloo.

Ante los excesos de una globalización mal controlada, ante los riesgos de un mundo multipolar antagonista, estoy convencido de que la Unión Europea puede aportar una contribución importante a la emergencia de un multilateralismo eficaz, basado en el respeto de reglas comunes, por parte de todos, y en la reciprocidad.

Desde 1990, la Europa reunida ha asumido cabalmente, tras cinco décadas de división, la responsabilidad plena y total de su destino y la capacidad de influir nuevamente y de manera decisiva en los asuntos del mundo. Acumuló por sí sola, a través del largo proceso de su construcción comunitaria, la experiencia práctica de una soberanía compartida que corresponde perfectamente a las exigencias de nuestro tiempo.

En estos inicios del siglo XXI, el mundo no necesita una “tabula rasa”, pues las instituciones necesarias existen. Las reformas iniciadas en 2005 en el sistema de las Naciones Unidas van en la buena dirección. Lo que hasta ahora ha faltado es la voluntad política de llevarlas a buen término. Francia desea a partir de ahora que se llegue hasta el final de la necesaria ampliación del Consejo de Seguridad, en las dos categorías de miembros. Francia pide nuevos miembros permanentes: Alemania, Japón, India y Brasil y una justa representación de África. Cerca de mil millones de habitantes que no se encuentran representados. ¡Quién puede pensar que se va a construir un orden justo!

Por su parte, el Fondo Monetario Internacional debe también realizar reformas indispensables para reflejar mejor las realidades actuales y ejercer su influencia sobre ellas: eso es precisamente lo que propone Dominique Strauss-Kahn, que es nuestro candidato y el de la Unión Europea al cargo de Director General.

Por último, el G8 debe continuar su lenta transformación. Y eso me llamó mucho la atención en Heilligendamm. El diálogo entablado, en las cumbres recientes, con los más altos dirigentes de China, India, Brasil, México y Sudáfrica debería institucionalizarse y ocupar una jornada completa. Deseo que el G8 se convierta en G13, pues la concertación económica, la necesidad de una cooperación estrecha entre los países más industrializados y los grandes países emergentes para luchar contra el cambio climático justifican esta evolución. No podemos reunirnos dos días en G8 y solamente una hora en G13. Me parece que no es conveniente con respecto al poderío de estos cinco países emergentes. La preservación de nuestro planeta hace indispensable que las principales potencias de este nuevo mundo reconozcan las responsabilidades comunes, aunque diferenciadas, que les incumben.

Este nuevo concierto de las grandes potencias, del Consejo de Seguridad ampliado al G8 transformado en G13, no podría dejar de lado la defensa y la promoción de los derechos humanos y de la democracia. La globalización ha contribuido - y me congratulo por ello - a la emergencia de una opinión mundial cada vez mejor informada y más reactiva. A través de los medios de comunicación y de los movimientos asociativos, Francia se afirma como un actor cabal de la vida internacional. En esta lucha por la promoción de los valores fundadores de nuestra República, una lucha más preocupada por alcanzar resultados palpables que efectos retóricos, pretendo mantener un diálogo periódico con nuestras principales ONG. Una primera sesión se celebró en el Elíseo en junio pasado; otras seguirán, en particular sobre la problemática del desarrollo de África.

Deseo también estar a la escucha de los pueblos africanos: ¿qué esperan hoy de Francia? Les pido, Señoras y Señores Embajadores, que salgan al encuentro de las fuerzas vivas del continente y, en particular, de su juventud. En Dakar, tuve la oportunidad de presentar, con toda amistad y con toda franqueza, el análisis que hago de la situación. Me emocionó profundamente el apoyo epistolar y político del Presidente Mbeki. Con el mismo ánimo de amistad y de franqueza, deseo informarme acerca de las expectativas de la juventud africana con respecto a nuestro país, antes de mi próximo viaje a ese continente.

África seguirá siendo una prioridad fundamental de nuestra política exterior y un eje central de la política de cooperación de la Unión Europea. África no es ese hombre enfermo del mundo de hoy. África no necesita nuestra caridad. Desde hace varios años, registra un crecimiento medio del 5% y podría progresar más todavía si los productores locales de ciertos productos básicos, como el algodón, recibieran una retribución justa.

África dispone de todo lo necesario para salir airosa en el marco de la globalización y Francia quiere ayudarla a conseguirlo.

Francia va a acelerar su desarrollo pues África sigue todavía al margen de la prosperidad mundial. Este continente no puede sacar el mejor provecho de sus inmensas riquezas naturales, amenazadas con demasiada frecuencia por saqueos, y sufre más que otros las consecuencias de los cambios climáticos. A mitad de camino del calendario de los Objetivos del Milenio, proseguiremos nuestro esfuerzo de ayuda.

No es sólo un asunto de montos financieros, aunque sin lugar a dudas nuestro compromiso al respecto debe mantenerse, pese a las dificultades que afectarán el presupuesto de 2008. Debemos igualmente tener como objetivo mejores resultados. A mayor ayuda mayor eficacia y, por ende, una gestión que progrese a grandes pasos.

Pero no puede haber desarrollo ni prosperidad sin seguridad. Al respecto también África va progresando. Entre las numerosas crisis que afectaban al continente, algunas están en vías de reabsorción, tanto en la región de los Grandes Lagos como en África Occidental.

La más trágica sigue siendo hoy la de Darfur. El sufrimiento de esas poblaciones nos obliga a actuar. Por eso quise, con Bernard Kouchner, que Francia se implicara plenamente en ella. Nos sentimos muy contentos de contar con el pleno apoyo del Reino Unido. Resulta alentador que, a raíz de la reunión del grupo de contacto ampliado, en París, el 25 de junio, la comunidad internacional haya demostrado su voluntad de actuar. La adopción de la resolución por la que se crea la operación híbrida de las Naciones Unidas y la Unión Africana constituye un primer éxito. Esa fuerza debe ahora desplegarse cuanto antes. El encuentro de Arusha entre las facciones rebeldes, a principios de este mes, abre las perspectivas para una salida política, único medio capaz de permitir una solución duradera de la crisis.

Para movilizar aun más a la comunidad internacional ante los retos para la paz y la seguridad en África, tomé la iniciativa de organizar una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la cual presidiré y que ha de celebrarse el 25 de septiembre en Nueva York, con la presencia de Jefes de Estado y de Gobierno.

Señoras y Señores Embajadores:

Como habrán entendido, tengo un concepto muy alto de Francia y por ello de su papel en el mundo actual; albergo grandes ambiciones para la Unión Europea, su lugar natural en el centro de un sistema multilateral eficaz y justo.

Para llevar a buen fin esta ambiciosa política exterior, Francia tiene la suerte de contar, a la cabeza del Ministerio de Asuntos Exteriores y Europeos, con cuatro eminentes personalidades: Bernard Kouchner con quien - quiero decirles - trabajo en plena confianza; Jean-Pierre Jouyet, a quien me dio gusto volver a encontrar luego de nuestra primera colaboración en el Ministerio de Finanzas; Jean-Marie Bockel, que se ocupa de temas en extremo difíciles; y Rama Yade, que da una imagen de una Francia múltiple y que se asume en su total diversidad. Francia tiene la suerte de contar con un cuerpo diplomático de muy alta calidad. Al recibirles hoy por primera vez, quiero expresarles hasta qué punto el trabajo que ustedes desempeñan, con competencia y talento, con valentía como en Beirut o en Bagdad, honra a la República. Le pido que consideren que deben comprometerse plenamente en esta misión.

Es necesario, por supuesto, que su ministerio tenga los medios necesarios para cumplir su misión y que se le reconozca el papel interministerial en la parte medular de nuestra estrategia nacional, para el éxito de Francia en la globalización. Ha llegado pues el momento de emprender una nueva etapa para su modernización. Ése es el sentido de la carta que, junto con el Primer Ministro, dirigimos esta misma mañana al Ministro de Asuntos Exteriores y Europeos quien podrá apoyarse - para llevar a cabo su reflexión y preparar su “Libro Blanco” - en el informe que me entregará dentro de unos días Hubert Védrine, así como en una amplia concertación. Señoras y señores, el encuentro de esta mañana era para mí en extremo importante. Ha sido un placer ser su anfitrión. Espero que hayan comprendido bien que el voluntarismo que caracteriza al gobierno en el escenario nacional, ese voluntarismo tendrá la misma naturaleza en el escenario exterior.

¡Gracias!

Modificado el 30/08/2007

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